El Ojo de Rantés.
5 Julio 2008

No soy hombre pájaro, pero tengo la gran cualidad de saber cómo volar. No tengo la vista de un Halcón peregrino, pero puedo mirar a distancia muchas cosas que nadie más puede ver. No soy escritor, pero siento la intensa necesidad de contar, de no callar más y simplemente, contar.
Mi nombre es Rantés Rinav y soy piloto de helicóptero. Hace unos años que trabajo trasladando a pequeños grupos de hombres, siempre vestidos de correcto traje negro a distintos lugares preferentemente apartados de la ciudad.
Por alguna razón que desconozco, se me eligió de entre todo el equipo de pilotos para hacer este servicio, que según se me indicó como principal máxima, debÃa mantener en la más absoluta discreción la identidad de estas personas.
En mi beneficio puedo decir que no estoy rompiendo la regla, puesto que no revelaré nombres, solo situaciones. Les narraré la primera, que no necesariamente fue la primera que presencié. Solo la tomé al azar desde mi memoria y quiero compartirla con quién le interese terminar de leer esto.
Como es costumbre, falta menos de media hora para el anochecer y estoy esperando en el Hangar la Van que trae a un nuevo grupo de hombres. Son de distintas edades y orÃgenes. En la mayorÃa se vislumbra que muy distinguidos y cultos. Algunos hablan mi idioma y otros se comunican en Ingles con una atractiva mujer, también vestida de estricto negro y gafas oscuras, la que los guÃa con gran encanto.
Siempre me ha parecido que ellos ya vienen informados de que deben cumplir con ciertos protocolos, y que dentro de estos, parece que está prohibido que dialoguen conmigo. Solo me saludan cortésmente, pero nada más. Nunca preguntan nada, se ven seguros y que lo saben todo. No obstante, se les nota en la mirada un destello de expectación, de controlada ansiedad. Ellos saben donde van, a que van, pero al mismo tiempo, parece que no saben nada de nada. La sorpresa y el asombro es la deseada mercancÃa por la que pagan altas sumas de dinero. Participar de un teatro de situaciones, entregarse a emociones lÃmites parece ser un juguete caro y muy deseado.
Ellos son miembros de un club, de un selecto y secreto club, que les provee de emoción, de magia y del poder necesario para cumplir con ciertas fantasÃas que solo habÃan leÃdo o visto en el cine.
Una vez todos arriba y preparados, despego. Se me indicó solo minutos antes por radio las coordenadas del lugar de destino. Mi misión es simple pero muy exacta. Debo aterrizar en el momento preciso en el cual el sol comienza a perderse en el horizonte.
En esta oportunidad la gran casa que albergará a estos invitados está frente al mar y cerca de un poblado bosque de eucaliptos. Desde arriba se observa lo aislada que está.
Sobre un amplio llano de césped está dibujada una enorme “H†con cal. Una vez más, nada se deja al azar. Yo no tengo, ni debo nada que preguntar. Los detalles hablan por si mismos.
Una vez que ellos descienden de la nave, caminan por un largo sendero flanqueado a ambos lados por cientos de antorchas. La imagen es hermosa, casi de pelÃcula. Las aspas del helicóptero giran lentamente hasta detenerse. El sol agoniza sobre un luminoso manto azul. El sonido de las olas azota sobre la costa y el viento agita el fuego de las antorchas. Todo perfecto.
Ese es el último contacto que yo tengo siempre con aquellos hombres, hasta que llega el amanecer, justo y nuevamente con notoria exactitud, justo cuando la corona del sol comienza a aparecer ellos aparecen en escena una vez más; se suben y yo despego sin mediar palabra alguna. Esto lo vengo haciendo durante mucho tiempo. Es algo sencillo y de escaso protagonismo. Lo que ellos nunca saben, tanto los organizadores, como los invitados, es qué hago mientras espero. Se supone que descanso en la nave. Esas son mis estrictas ordenes, pero la verdad es que desde el primer dÃa que no las cumplo. Siempre me las ingenio para sortear la seguridad y observar con mi ojo todo lo que en su interior se hace.
En teorÃa me arriesgo a perder mi empleo, pero ahora último, creo que puedo perder más que eso.
Hago el ademán de bostezo y de estirar mis brazos, asà finjo que subo al helicóptero a descansar. Saco siempre un termo con café y me sirvo una taza. Lo tomo lentamente a la vista de algunos fornidos guardias. Mas entrada la noche, cuando ellos deducen que estoy durmiendo me deslizo suavemente, salgo del aparato y me acerco a la casa con gran cautela. La primera vez lo hice fue por la básica curiosidad, lo reconozco, pero ahora lo hago por vicio. Me gusta observar aquello.
A través de una ventana puedo advertir que hay un gran salón totalmente ausente de muebles. Es una planta amplia y libre. Las luces son bajas. Existen muchos sirios amarillos y velas azules encendidas. Ilegibles sÃmbolos antiguos dibujados sobre el piso, al parecer con tierra roja. De fondo se escucha una base musical muy extraña. Son órganos antiguos y coros muy sacros. Después de un tiempo entran ellos, en perfecto orden y se ubican de tal forma que si fueran puntos y se trazara una lÃnea recta entre ellos formarÃan un perfecto triangulo equilátero.
Ahora ellos tienen puestas unas amplias gafas de cristal color amarillo y parecen esperar la entrada de alguien más.
Se nota la tensión entre ellos. No se hablan, no se mueven. Son parte importante del rito que comienzan a vivir.
Entra una mujer en escena, y no es la anfitriona que nombré antes, es otra. Ella viste de blanco. Una vaporosa y sensual prenda. Ella carga una gran jarra de bronce entre sus manos, la cuál aparenta contener cierto lÃquido que no alcanzo a distinguir aún. Ella entra al triángulo, se arrodilla y derrama el contenido del cántaro sobre el piso. No cabe duda, es leche. Luego se despoja de sus ropas y apoya la espalda sobre el piso mojado.
Ella comienza a arquear su cuerpo de lado a lado, es como, una extraña danza horizontal. A todas luces ella se está masturbando.
Los invitados observan su erótica y muy estética prefórmense. Se nota que algunos de los hombres se mueven, se tocan y pierden la compostura inicial. Solo después de unos minutos, entra otra mujer, la cual viste de negro y trae al igual que la primera otra jarra. Entra en el cada vez más desarmado triángulo y vierte sobre la mujer que sigue contorneándose como si fuera vÃctima de un severo trance un lÃquido rojizo que podrÃa ser vino, pero que fácilmente podrÃa ser sangre diluida. Por tranquilidad mental, siempre me quedo con la primera opción.
La mujer de negro también se desnuda y con gran sutileza se deja caer sobre la otra. El vino y la leche se mezclan, sus piernas y brazos se entrelazan también, se enredan, se expanden y se contraen al compás del coro de una Opera que suena cada vez más fuerte en el salón. Efectos de humo invaden el espacio y eso bloquea la posibilidad de seguir mirando con nitidez, pero alcanzo a distinguir entre la turbiedad del ambiente, que la formación de hombres ya no existe y que pasaron a formar parte de una gran masa deforme y caótica.
Continuará…
KristianZ.

Posteado en
10 Diciembre 2008 a las 7:18 pm
que sigue!